Pinturas de Juan Carlos Herrera.

Por Rubén Jerez

“En Couburg pintaste un ciervo al que ladran los perros tantas veces como lo ven.” Así elogiaba un humanista del siglo XVI a la obra del maestro alemán Lucas Cranach. Su pintura reflejaba de modo tan claro la realidad que lograba engañar incluso a los sabuesos de cacería expertos en identificar a sus presas. Tal es el poder de la pintura, precioso timo que hombres (y mujeres) tanto más disfrutamos cuanto mejor sea la calidad de su “mentira”. Los cuadros que Juan Carlos Herrera nos presenta en esta muestra atestiguan su dominio sobre este aspecto del arte de la pintura.

No obstante, no me atrevería a coronar al artista con un elogio como el que se hiciera a Cranach, por el hecho sencillo de que no es lo que reconocemos de nuestra realidad en sus cuadros lo que nos sorprende, sino aquello que no. Sus pinturas no son espejos neutrales de nuestra cotidianeidad. En ellos nuestros rituales diarios revelan cualidades distintas; y lo banal se insinúa como de la mayor grandiosidad o importancia.

Son un ejercicio de autoconocimiento, de reflexión, un espacio en el que accedemos para entender el misterio de nuestros actuares habituales.