Paisajes de Juan Carlos Herrera

Por Rubén Jerez

El paisaje es y será siempre un motivo de fascinación. Ya sea que nos encontremos frente a la exótica topografía de un lugar desconocido en un viaje a tierras lejanas; o ante el espectáculo cotidianísimo del cielo en nuestro hogar a la hora del ocaso; la mera visión de un trozo de tierra y firmamento tiene el potencial para sobrecogernos. "El paisaje supone un obstáculo para el pensar: es bello y por lo tanto exige ser contemplado", afirmaba Kafka; y aunque estoy de acuerdo con sus palabras, no dejaría de agregar que, así mismo, el paisaje puede ser un gran motivo de reflexión. Siendo así, parece cosa extraña que como motivo artístico, no alcanzara su consolidación hasta muy tarde en la historia. El término paisaje se refería en la Edad Media, a jurisdicciones políticas; y no es hasta la época del Renacimiento que, el landschafft de los nórdicos y el paesaggio de los italianos, se introduce en el vocabulario de los términos artísticos. Considerado hasta el siglo XIX un género menor; y empero responsable de operar algunos de los cambios más radicales en el pensamiento artístico de Occidente en las manos de los pintores realistas, impresionistas y postimpresionistas; el ilustrado Diderot explicaba la fascinación europea por los cuadros de paisaje declarando que los habitantes de las ciudades los colgaban en sus paredes para "compensar la pérdida de la naturaleza." De modo que, sobran las razones para considerarle un motivo capaz de levantar intereses y estimular pasiones.

En esta ocasión el artista Juan Carlos Herrera muestra una colección de pinturas muy diversas engarzadas entorno a la idea del paisaje. Cabe preguntarse, aun considerando lo anterior, qué pudo atraer del paisaje a un creador como Herrera, quien se ha destacado en la escena artística como un pintor de figuras. Bastaría con recordar que para el historiador del arte Max J. Friedländer el paisaje "es el rostro de la tierra"; o que el crítico John Ruskin afirmaba que para el paisajista, "el suelo es el equivalente del cuerpo desnudo para el pintor de obras de historia." Los paisajes de Herrera son como sus retratos y el resto de sus telas de figuras. Han sido pintados con la objetividad del ojo cotidiano, sin embellecimientos rebuscados o notas artificiales. Es un mundo de imágenes urbanas habituales, pero invadidas de una extraña y familiar belleza, que se insinúan como algo más de lo que son en realidad. La ciudad es la verdadera protagonista en estas obras. Ya sea divinizada, por la luz diáfana de la mañana que invade las calles josefinas; oculta, como un testigo anónimo y silencioso que se asoma por las ventanas de los edificios; ignorada, en las criaturas muertas que una vez la poblaron, y ahora son espectadores inertes de nuestros avatares cotidianos; o en la forma de aquella "naturaleza perdida" de Diderot, que colgada en la pared, funge como monumento a lo que fuimos o pensamos ser. No obstante, no debemos dejarnos engañar por la familiaridad de las escenas. ésta no es una pintura superficial. En los cuadros de esta muestra se insinúan citas e influencias a los grandes paisajistas de lo natural, lo urbano o lo humano, como Turner, Bacon, Pacheco, Manet y Bellows.