Acuarelas de Juan Carlos Herrera

Por Rubén Jerez

El concepto mismo del retrato se fundamenta en la copia de la apariencia externa del modelo. Ya en su época Plinio el viejo se quejaba de que "la pintura de retratos que solía transmitir a través de los años la verdadera apariencia de la gente" se encontraba en decadencia debido a la indiferencia de los artistas. Sin embargo, si bien es cierto que la apariencia es un factor central en este tipo de obra, un buen retrato debe superar el velo objetivo de la fisionomía, y exponer el espíritu, pues como Aristóteles afirmaba: "el objetivo del arte no es presentar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interno; pues esto, y no la apariencia y el detalle externos, constituye la auténtica realidad".

Juan Carlos Herrera nos presenta en esta ocasión una colección de retratos, en los que persigue exactamente este fin, superar el parecido físico y revelar el temperamento interno de los modelos. La muestra presenta una variedad de tratamientos técnicos que va desde la mancha gestual y muy expresiva; a la pincelada ordenada que raya en el fotorrealismo. La razón para esto es simple y lógica: Herrera nos conoce. Los modelos de estos cuadros somos sus amigos, familiares, clientes, personas con las que ha tenido y tiene un trato constante y cotidiano; y por lo tanto, para recrearnos ha escogido los recursos plásticos que mejor revelan nuestra esencia, tal y como él mismo la percibe.

La escogencia de la acuarela como leitmotiv técnico en esta muestra, responde al hecho de que esta es, de todas las técnicas pictóricas, la más cercana al dibujo. La acuarela permite recrear la realidad de manera decididamente fragmentaria y selectiva, describiendo perfectamente aquello que el artista considera meritorio y dejando el resto en la indeterminación. Es un medio, que si bien puede aplicarse a formatos monumentales, se adapta mejor a las dimensiones modestas e íntimas. El tiempo corto de ejecución es relevantísimo pues trae consigo inmediatez y honestidad. Cézanne solicitaba de sus modelos cerca de 100 sesiones de posado en completa inmovilidad para terminar un retrato. Por su puesto, perseguía una expresión distinta de la Herrera, quien con su cámara fotográfica y sus acuarelas no busca comunicar lo sólido y estable que encuentra en sus modelos, sino lo espontáneo y pasajero.